lunes, 23 de enero de 2017

Los Yuppies. El Jet-set de la arquitectura.



Los Yuppies


Yuppie (acrónimo para "young urban professional" “Joven Profesional Urbano”) es un término propio del inglés estadounidense para referirse a un miembro de la clase media alta entre 20 y 43 años de edad. Se empezó a utilizar a principios de los años 80 y entró en desuso en gran parte de la cultura popular estadounidense a finales de esa misma década, debido en parte a la crisis provocada por el Lunes Negro y a la consecutiva recesión de principios de los 90. Sin embargo se ha seguido utilizando en el siglo XXI, por ejemplo en publicaciones como National Review, The Weekly Standard y Details.


En la periferia tercermundista es un término que pinta por entero los valores que se vende.

Características
El término Yuppie describe el comportamiento típico según el estereotipo del joven ejecutivo común en Estados Unidos. Básicamente son personas entre 20 y 39 años, recién graduados en la universidad, que ejercen sus profesiones y tienen ingresos medio-altos. Además, están al día tecnológicamente hablando y visten a la moda. Tienen una marcada tendencia a valorar en exceso lo material, siendo típicas las inversiones en Bolsas de Valores, la compra de vehículos y el mantenerse a la vanguardia en tecnología (móviles más sofisticados, notepads, etc.).




El término es, sin embargo, más utilizado de manera peyorativa para definir al profesional joven, exitoso, arrogante e “inmerecidamente rico” debido a su búsqueda primordial de su estatus de Convivencia. La escasez de tiempo y el estrés con el que viven (debido a su afán por mantener su Statu quo) afectan sus relaciones familiares.


Políticamente hablando, se podría decir que son mucho menos liberales —el término «liberal» en Estados Unidos describe tendencias hacia la izquierda política, al contrario que en Europa— que sus “predecesores”: los Hippies. También se puede decir que son más liberales que los obreros manuales pero más conservadores que los considerados “pobres urbanos”.


El término en nuestro contexto es peyorativo para indicar la desubicación y la ausencia de valores propios, pero más importante para denotar la imposibilidad de insertarse productivamente en la sociedad reduciéndose a ser un marginal, salvo la presencia de padrinos por lazos familiares o de otro tipo.




El marketing aquí promueve un prototipo de yuppie con un CEO con MBA en e-comercio y “expertise en business plans”. “El compromiso y la proactividad son imprescindibles". ¿Entendió? Si no tiene la menor idea de lo que se requiere, es evidente que usted no forma parte de la nueva generación de yuppies. Uno que se respete sabría que lo que se está buscando es un “Chief executive Officer” con un “Master of Business Administration” y experiencia en planeación de negocios que tenga iniciativa. ¿Todavía no? Esto definitivamente no es lo suyo, pero no se sienta mal, aparte de que le va a quedar muy difícil conseguir un trabajo, no es algo para sentirse avergonzado. En castellano claro y sencillo, el CEO no es más que un jefe, y el MBA es una maestría en administración de negocios.


Para los Yuppies arquitectos ni hablar de estudios técnicos, porque en arquitectura ahí la cosa es peor, al haberse eliminado en sus programas las asignaturas de matemáticas, de estadística y de cuanto rezago de técnica queda, además de no saber qué cosa es lógica elemental, no les queda otra cosa que maquillar asignaturas de “Gestión” en donde de asignaturas sólo tienen el nombre, abundar ridículamente en programarles asignaturas de “Investigación” que son un saludo a la bandera y de “talleres de Investigación” que son un gran engaño, en donde no se investiga nada so pretexto de sus “talleres de diseño”. De esta manera el yuppie está listo para fungir de arquitecto sin herramientas básicas que le permitan ser competitivo.

La triste vida de los 'yuppies'

El barrio preferido de los Yuppies en el sur de Manhattan, en los alrededores de Wall Street, corazón del capitalismo financiero mundial, construido por y para ellos, se les parece: convencional y “aspiracional”, impersonal y frío, muy frío.

Por: María Elvira Bonilla


Lo que debería ser el epicentro del buen gusto y de la sofisticación que el dinero puede proporcionar, o al menos comprar, no es más que el espejo de unas vidas tristes, las de sus pobladores, los nuevos esclavos corporativos, condenados a producir dinero, todo el dinero posible, para otros, a cambio de altísimos salarios y bonificaciones de éxito.


Y me refiero a ellos y a su hábitat y cotidianidad, porque en Colombia y en el mundo entero son el paradigma de una traicionera modernidad, a imitar.


Pero lo cierto es que viven mal. Y ello salta a la vista. Viven en verdaderas colmenas de cemento que más parecen viviendas multifamiliares, homogéneas, construidas de cualquier manera, eso sí, con lobbies lujosos y aparentadores, de donde entran y salen cotidianamente, a la misma hora, esta nueva estirpe de jóvenes profesionales menores de 40 años, ambiciosos, uniformados y rutinarios, que tienen una sola ruta: Wall Street.


Su mundo es el distrito financiero, donde le apuestan a la suerte económica del mundo con la frialdad y la audacia de los jugadores de ruleta, capaces de poner con sus movidas la economía mundial patas arriba y llevar a la quiebra a millones de ahorradores, como ocurrió en 2005. Un centro de decisión capaz de doblegar a los poderosos del mundo, incluyendo al presidente Obama, quien en el pico de su popularidad y poder no fue capaz de regularlos, de meterlos en cintura, y terminó por el contrario dándoles el oxígeno para que se recompusieran, sin la menor culpa o rubor.


La significativa transformación del extremo sur de la isla de Manhattan responde a las necesidades de vivienda cercana a sus sitios de trabajo de esa joven élite tecnocrática. Contó con el apoyo del alcalde Bloomberg, que durante sus 11 años orientó una millonaria inversión para la recuperación de espacios públicos a orillas del Hudson, un área sumida en el abandono. El resultado, una suerte de ciudadela formalmente ideal y amable, pero artificial, sin el bullicio de las calles habitadas por sus vecinos ni las sorpresas propias de las ciudades construidas de manera natural y progresiva con el esfuerzo de la gente y no la simple inversión pública.


Incluso la huella física del terrible ataque del 11 de septiembre de 2001, la herida urbana que dejó, ya ha cicatrizado por el desarrollo inmobiliario y turístico que enmarca el barrio de los yuppies.


Un barrio curiosamente con uno de los más altos índices de natalidad de Manhattan. Los yuppies tienen al menos tres hijos, como símbolo de estatus que expresa tanto su recién adquirida prosperidad económica como su confianza en el futuro del mundo que controlan.

Mientras las parejas pasan los días enterradas en las oficinas, el barrio queda en manos de latinas y caribeñas indocumentadas, las nannies, encargadas de cuidarles los hijos con los que poco están por su entrega a una esclavitud laboral pagada con un dinero que poco disfrutan. Se les olvida, como diría García Márquez, que no hay nada más hermoso que vivir. Algo de lo que los yuppies poco saben.

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